lunes, 4 de mayo de 2026

Perros, gatos y bailarines

    Mi madre murió a los ochenta y tres años, de cáncer, con fuertes dolores y el bazo tan hinchado que le deformaba el cuerpo. ¿Es esa la persona que veo cuando pienso en ella? A veces. Ojalá no fuera así. Es una imagen cierta, pero que desdibuja, oscurece una imagen más verdadera aún. Es un recuerdo entre cincuenta años de recuerdos de mi madre. Es el último en el tiempo. Por debajo, por detrás, hay una imagen más honda, compleja, siempre distinta, producto de la imaginación, los rumores, las fotografías, el recuerdo. Veo a una niñita pelirroja en las montañas de Colorado, a una universitaria delicada y con expresión triste, a una madre joven, amable y sonriente, a una intelectual brillante, a una seductora sin par, a una artista seria, a una cocinera espléndida; la veo meciéndose, podando, escribiendo, riéndose; veo sus pulseras color turquesa contra su brazo delicado y pecoso; veo, por un momento, todo ello al mismo tiempo y distingo lo que ningún espejo puede reflejar, el espíritu que destella a través de los años, hermoso.

    Eso debe de ser lo que ven y pintan los grandes artistas. Por eso ha de ser que las caras cansadas y sin edad de los retratos de Rembrandt nos dan tanto placer: nos muestran la belleza no de la piel, sino de toda una vida. 

Oh, castaño en flor, ser de raíces enormes,
¿has de ser tú la cepa, las flores o las hojas?
Oh, cuerpo acunado, mirada luminosa, 
¿no serán baile y bailarín la misma cosa?





"Contar es escuchar"
Ursula K. Le Guin

Lectores